Cárceles, ¿qué hacer ante su ineficacia?
Por David Lee
Mayo 17, 2011
De acuerdo con algunas de las últimas cifras del sistema penitenciario, 230,000 personas se encuentran presas en las cárceles
de México. De ellas, 40,000 están en el Distrito Federal. En la última década se ha duplicado la población total. El 85% de
los presos purgan condenas de menos de 5 años y, muchos de ellos, por la comisión de delitos de menos de $5,000.00 pesos. Los
reclusorios presentan una sobrepoblación promedio de un 50% y el índice de reincidencia gira por el orden del 35 al 47%; es
decir, 3 a 5 de cada 10 personas que salen de una cárcel, reinciden.
Es sabido que desde el interior de los penales se fraguan la gran mayoría de las extorsiones telefónicas, aún cuando
supuestamente se cuenta con sistemas de bloqueo de señal para aparatos de telefonía celular. Muchos de los secuestros en el
país son orquestados desde las cárceles y, no por nada, los centros de reclusión se han ganado la fama de ser las universidades
por excelencia del crimen.
Para colmo, uno de cada tres pesos del presupuesto para seguridad es destinado a las cárceles, lo cual, además de restar valiosos
recursos que bien podrían ser invertidos en la prevención de delitos, se gastan en un sistema que a todas luces ha sido rebasado
y se encuentra obsoleto.
¿Juegan las cárceles el papel que deben jugar en el tema de seguridad pública o son, de alguna manera, cajas en las que se reciben
los desechos tóxicos de la sociedad que a la vez representan focos de infección para quienes caen y salen eventualmente de ellas?
Estudios y casos de la vida real, demuestran que las cárceles son para los pobres. Como ejemplo, podemos tomar el caso de alguno
de los más de 400,000 indígenas que habitan tan sólo en la Ciudad de México y que un día, por hambre, decide robar un pollo. La
persona es detenida y presentada ante un Ministerio Público. El agente le exige una fianza de $5,000.00 pesos y, puesto que si
la persona no tenía tan sólo para comprar un pollo, la fianza constituye una barrera insuperable, por lo cual ingresa
irremediablemente al reclusorio.
El primer día lo golpean, el segundo lo violan y al tercer día aparece una mano "amiga" que le propone ayudarlo. Le
otorga un empleo al interior del penal, lo asiste enviando algún dinero a su familia y un buen día incluso le paga la fianza para
salir libre. Libre, desde luego, para trabajar en beneficio de la mano "amiga", convirtiéndose, así, en un tentáculo más
del monstruo que vive y reina en el interior de la cárcel.
Cuenta un criminólogo que, en una de las cárceles en México, observó un letrero en una de las paredes que definía perfectamente no
sólo al sistema penitenciario mexicano sino, en sí, al de toda Latinoamérica. Rezaba el escrito
"En este lugar maldito,
donde se respira la tristeza, aquí no ha sido juzgado el delito, sino se castiga la pobreza".
Es importante reflexionar sobre todos estos aspectos, pues de nada sirve enviar personas a los centros de "readaptación o
reinserción" social si, contrariamente a lo esperado, retornan delincuentes "super-cargados". Valdría la pena
observar de cerca algunos de los nuevos modelos de justicia penal en los que a los primo-delincuentes, es decir, personas que
han cometido delitos (no graves) por primera vez y que son detenidas, se les permite vivir el proceso en libertad, con el ánimo
de evitar su "contaminación" en los ambientes carcelarios.
Si bien es cierto que se están llevando a cabo importantes acciones en materia de reforma al sistema de justicia penal para
hacerlo, precisamente, sistémico, justo y punitivo, que el país va a transitar hacia la implementación de los juicios orales para
hacer una impartición de justicia más pronta y expedita, también es cierto que, como sociedad, debemos trabajar fuertemente en el
aspecto de la prevención desde el interior de nuestras propias familias, no sólo educando a las personas para evitar que sean
victimizadas, sino además sensibilizándolas para evitar que se conviertan en delincuentes.
Cada uno de nosotros podemos y debemos incidir en todos y cada uno de los miembros de nuestras familias:
- Desarrollando una filosofía de vida basada en principios, valores y el respeto a los demás.
- Promoviendo el amor al trabajo y la generación de recursos a través de actividades lícitas
y formativas.
- Motivándolos a comentar la necesidad de adquirir cualquier tipo de producto o servicio y
encontrar conjuntamente el momento, forma y lugar adecuado para adquirirlo.
- Sensibilizándolos respecto de los daños a la economía y la seguridad que ocasiona la
piratería y evitar, así, que adquieran productos ilegítimos.
- Inculcándoles una cultura de legalidad como estilo de vida.
¿Qué propondrías para resolver esta situación?