Piratería: la ballena que todos alimentamos
Por David Lee
Abril 11, 2011
Las cifras mostradas recientemente por la
Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo de México,
muestran que la piratería y el contrabando generan ingresos considerablemente mayores no sólo a las fuentes legítimas de ingresos
de los mexicanos tales como el turismo, el petróleo o incluso las remesas, sino además al narcotráfico.

El delito de contrabando y piratería se consuman al momento de vender en el mercado sus productos ilegales y somos los mismos
ciudadanos quienes, al adquirir este tipo de mercancías, cerramos el ciclo, convirtiéndonos irremediablemente en cómplices.
Los salarios bajos, seguramente, juegan un papel fundamental en la proclividad de la sociedad a recurrir a la compra de productos
ilegítimos. Es preciso reflexionar más allá del ahorro que nos proponen, reconociendo al monstruo que alimentamos cada vez que
adquirimos un producto pirata, pues la red comercial que involucra su venta se encuentra perfectamente tejida por la delincuencia
organizada.
Contrario a lo que se podría pensar sucedería con el endurecimiento de las leyes, al entrar en vigor la reforma para perseguir de
oficio la piratería a mediados del 2010, sucedió lo contrario, ya que anterior a esa reforma, de cada 10 productos, 4 eran ilegales;
después de la reforma lo son 6 de cada 10. Es decir, la piratería tuvo un incremento del 50%.
Por lo anterior, no serán las autoridades y sus leyes las que van a resolver del todo este flagelo, somos los ciudadanos quienes
podemos y debemos actuar evitando la compra de piratería, aún cuando nos represente un supuesto ahorro y beneficio, pues le
representa un ingreso al maleficio de la delincuencia organizada.
Valdría la pena imaginarnos que cada vez que alguien se detiene en un puesto ambulante y saca su dinero para adquirir un producto
pirata, es, de alguna manera, la misma escena en la que una persona se posa frente al estanque de la ballena asesina en el parque
marino y levanta en su mano un pescadito, para darle un pequeño bocado al animal.
En ese momento la ballena, en el estanque -que no deja de ser por su propia naturaleza una verdadera exterminadora-, con todo
cuidado y siguiendo las instrucciones de su entrenador, sale del agua y simpáticamente toma el bocadillo sin herir a la persona
que amablemente la nutre y se vuelve a sumergir en el agua.
Esa misma ballena, sin embargo, sale al mar recorriendo el país y al momento de llegar a algún otro lugar para devorar a alguno de
sus enemigos o cómplices que la hayan traicionado, irrumpe en una fiesta de jóvenes para ultimar a alguno de ellos y,
desafortunadamente, con el coletazo que da, muchos otros inocentes son derribados al mismo tiempo.
Pensemos en las miles de personas que han perdido la vida en estos últimos años a causa de delitos o situaciones relacionadas al
crimen organizado y consideremos seriamente que nuestro dinero, al adquirir un producto ilegal, alimenta poco a poco a este tipo de
ballenas que hoy recorren nuestro país.
Si resulta evidente que con los esfuerzos actuales no es posible cazarlas y atraparlas, bien podemos contemplar los ciudadanos
extinguirlas a través del hambre, evitando comprar sus mercancías ilegítimas.